Pedagogía infantilizante en contextos que necesitan andragogía
ILUSIÓN P4-E2
Andragogía
Hábito validado por el sistema
En muchos modelos institucionales, los entornos de educación superior y continua para adultos se organizan con prácticas pedagógicas que tratan a los participantes como si fueran menores de edad: fuerte control del tiempo, instrucciones detalladas para cada paso, poca autonomía efectiva y énfasis en el cumplimiento por encima del criterio.
Se establecen reglas, sanciones y mecanismos de seguimiento pensados para garantizar obediencia y asistencia, más que para sostener responsabilidad adulta sobre el propio aprendizaje.
Mientras los adultos “se ajusten” a este esquema, asistan, entreguen tareas y aprueben evaluaciones, el sistema considera que la pedagogía aplicada funciona.
Estas prácticas se ven reforzadas por dispositivos cotidianos: recordatorios constantes, amenazas de pérdida de cursada ante incumplimientos formales menores, tareas muy pautadas que dejan poco margen de decisión, evaluaciones que premian repetir lo dicho por el docente.
En la práctica, se construye un entorno donde el mensaje implícito es que el adulto no es del todo confiable para autogestionarse y necesita ser guiado y controlado como un estudiante escolar.
Por qué este hábito engaña
Orden no es aprendizaje
Porque confunde aparente orden y cumplimiento con aprendizaje adulto significativo y transferible.
Una propuesta infantilizante puede producir grupos ordenados, alta asistencia y entrega de trabajos en fecha, sin que eso se traduzca en cambios profundos en la forma en que los participantes piensan, deciden y actúan en sus contextos reales.
Bloquea autonomía, juicio y experiencia
Al no exigir ni habilitar ejercicio de autonomía, juicio propio y articulación con la propia experiencia, el modelo limita justamente aquello que la educación de adultos debería fortalecer.
La ilusión funciona porque el control trae estabilidad visible: menos incertidumbre sobre lo que pasará en clase, menos riesgo de que los adultos “se desorganicen”, más previsibilidad para la gestión.
Si las reglas son claras y se hacen cumplir, es tentador concluir que el dispositivo pedagógico es sólido.
La condición adulta requiere agencia
Los adultos aprenden de otra manera: necesitan conectar lo nuevo con lo que ya hacen, contrastar, experimentar, tomar decisiones y hacerse cargo de su proceso.
Nada de eso se favorece cuando el modelo los coloca en un lugar de dependencia similar al de un niño.
Además, este hábito erosiona una fuente clave de energía en la educación de adultos: su motivación intrínseca para resolver problemas significativos en su vida y trabajo. El sistema puede obtener cumplimiento, pero a costa de desactivar o subutilizar la agencia adulta.
Qué deja de validarse en PIDOMAS
Dentro del eje Instituciones de PIDOMAS, dejan de considerarse evidencias suficientes de buena pedagogía en contextos de adultos:
- Entornos donde el éxito se mide principalmente por disciplina, asistencia y cumplimiento estricto de consignas, sin mirar qué capacidades adultas se están desarrollando.
- Reglamentos y prácticas que tratan a los adultos como sujetos a los que hay que “controlar” y “contener”, más que como personas capaces de asumir responsabilidad sobre su proceso.
- Diseños de curso donde la estructura de relación docente-estudiante reproduce esquemas jerárquicos y unidireccionales típicos de la escuela, sin incorporar espacios genuinos de corresponsabilidad y diálogo entre pares.
También deja de validarse como criterio aceptable:
- Justificar prácticas infantilizantes con argumentos del tipo “si no hacemos esto, no cumplen”, sin revisar qué dice eso del modelo propuesto y de las condiciones que ofrece.
- Tratar la incomodidad que genera la responsabilidad adulta como problema del estudiante, no como indicador de que el diseño sigue anclado en lógicas pedagógicas inadecuadas para este nivel.
La idea de que “lo importante es que los adultos obedezcan el dispositivo pedagógico como en la escuela” deja de ser aceptable dentro del eje Instituciones.
Qué se exige en su lugar
PIDOMAS exige que los contextos donde participan adultos se diseñen desde andragogía explícita, que reconoce y potencia la condición adulta en términos de autonomía, experiencia y responsabilidad.
Eso implica:
- Sustituir el control infantilizante por estructuras que hagan visible la corresponsabilidad: acuerdos claros, márgenes de decisión reales, consecuencias alineadas con el propósito formativo y no solo con la disciplina.
- Diseñar actividades que inviten a tomar decisiones, gestionar tiempos, seleccionar enfoques y asumir el impacto de esas elecciones en el propio aprendizaje y práctica profesional.
- Tratar las dificultades de autogestión como contenido de trabajo —algo que se aborda y se construye— y no solo como motivo para reforzar el control externo.
La pedagogía dirigida a la infancia deja de operar como modelo por defecto y se reemplaza por dispositivos coherentes con las exigencias y el potencial de la vida adulta.
El criterio se desplaza de “¿los tenemos bajo control?” a “¿qué tipo de autonomía, criterio y responsabilidad están pudiendo ejercer gracias a cómo está diseñado el dispositivo?”.
- Los cursos para adultos se organizaban con horarios fijos, indicaciones minuciosas y sanciones por incumplimiento, buscando asegurar que “no se relajen” y que sigan el ritmo marcado por la institución.
- La participación se entendía como presencia física o conexión en línea, atención silenciosa y ejecución de tareas tal como fueron indicadas.
El orden se lograba a costa de reducir agencia adulta.
- La institución rediseña sus propuestas de manera que los adultos deban tomar decisiones sobre qué priorizar, cómo vincular lo aprendido con su contexto, qué tipo de evidencias de aprendizaje construir y cómo gestionar su tiempo, dentro de marcos claros pero no infantilizantes.
- La participación se mide también por capacidad de traer problemas propios, cuestionar, construir con otros, tomar iniciativas y sostener compromisos que tienen sentido en sus contextos reales, no solo por obediencia al formato.
La incomodidad de hacerse cargo se sostiene y se acompaña como parte del núcleo formativo.
Función estructural de la ilusión
Esta ilusión le permite a la institución gestionar grupos de adultos usando herramientas de control que conoce bien por su experiencia en educación escolar.
Mientras se crea que tratar a los adultos como niños disciplinados es una forma eficaz de asegurar resultados, la organización puede:
- mantener esquemas de autoridad y control que le resultan familiares, sin invertir en desarrollar enfoques específicos para la educación de adultos;
- atribuir los problemas de avance y profundidad a la “falta de compromiso” de los participantes, en lugar de revisar si el dispositivo les concede un lugar verdaderamente adulto;
- presentar la disciplina y el cumplimiento como sinónimos de seriedad, aunque el efecto en la capacidad real de transferencia y adaptación sea limitado.
En la práctica, la ilusión protege un sistema que usa la pedagogía escolar como herramienta de gestión en contextos donde lo que se necesita es aprender a trabajar desde y con la adultez de los participantes.
Mantiene intacta la ficción de que cuanto más “controlados” estén los adultos, mejor funciona el dispositivo formativo, aunque eso se logre reduciendo su agencia y su responsabilidad auténtica.
Cierre operativo
El contexto está recibiendo una pedagogía infantilizante allí donde la arquitectura institucional debería exigir y habilitar andragogía como base del diseño.