Procesos pensados para ser replicables, no transformadores
ILUSIÓN P5-E2
Andragogía
Hábito validado por el sistema
En muchos modelos institucionales, los procesos académicos se diseñan ante todo para que sean fáciles de replicar: formatos de curso estandarizados, secuencias fijas, plantillas únicas de evaluación, guías paso a paso para docentes.
La prioridad es que cualquier docente pueda “tomar el paquete” y dictarlo del mismo modo en distintos grupos, cohortes o sedes, reduciendo al mínimo la necesidad de rediseñar o adaptar.
Mientras el proceso sea prolijo, previsible y replicable, se le supone calidad, aunque su capacidad de transformar realmente las formas de pensar y actuar de los estudiantes sea limitada.
En la práctica, esto produce experiencias formativas que se parecen mucho entre sí, independientemente de quiénes participen, qué contexto habiten o qué problemas específicos estén en juego.
Los procesos se conciben como productos cerrados a reproducir, más que como dispositivos vivos a revisar, tensionar y mejorar en función de lo que pasa con el aprendizaje real.
Por qué este hábito engaña
Copiar y escalar ≠ transformar
Porque confunde facilidad para copiar y escalar un proceso con potencia transformadora de ese proceso.
Un curso puede ser extremadamente replicable —misma presentación, mismas actividades, mismas consignas— y, al mismo tiempo, generar cambios superficiales en el modo en que los estudiantes comprenden y actúan.
Lo transformador requiere lectura situada
Lo transformador exige, casi siempre, lectura fina de contexto, ajustes, iteraciones y decisiones situadas que no se dejan capturar del todo por un guion fijo.
Coherencia de forma, no de impacto
El hábito se sostiene porque los procesos replicables dan sensación de control: facilitan la planificación, simplifican la supervisión y permiten mostrar “coherencia” entre ofertas.
Pero esa coherencia puede ser solo de forma, no de impacto: muchos grupos atravesando exactamente el mismo esquema, sin que eso garantice que lo que ocurre dentro de ese esquema sea profundo o pertinente.
Qué deja de validarse en PIDOMAS
Dentro de PIDOMAS, dejan de considerarse evidencias suficientes de calidad:
- Manuales y plantillas que aseguran que todos los cursos se dicten igual, presentados como prueba principal de solidez del modelo.
- Procesos diseñados casi exclusivamente desde la pregunta “¿cómo hacemos para que esto se pueda replicar fácil?” sin preguntarse “¿qué cambios queremos producir y qué necesita ocurrir para lograrlos?”.
- Decisiones que priorizan que el proceso sea exportable a múltiples contextos, aunque eso suponga simplificar o empobrecer la experiencia para que encaje siempre igual.
También deja de validarse como criterio aceptable:
- Defender procesos débiles en impacto solo porque “son escalables” o “permiten crecer rápido”.
- Tratar la necesidad de ajustar un proceso para que sea más transformador como un problema (“rompe el estándar”) en lugar de como una señal de aprendizaje sobre el propio modelo.
Qué se exige en su lugar
PIDOMAS exige que los procesos se diseñen primero para ser transformadores, y recién después se pregunte cómo hacerlos replicables sin perder esa potencia.
Eso implica:
- Partir de una definición clara de qué transformación se busca (en comprensión, en práctica, en criterio) y diseñar el proceso alrededor de ese propósito, no alrededor de la plantilla.
- Aceptar que ciertos componentes requieren adaptación situada, espacios de decisión docente y revisión continua, aunque eso complique la réplica mecánica.
- Pensar la replicabilidad no como copia literal, sino como capacidad de trasladar principios y estructuras claves, dejando margen para ajustes contextuales que cuiden el impacto.
Los procesos dejan de verse solo como productos a clonar y pasan a entenderse como arquitecturas de cambio, que deben mostrar evidencias de transformación para considerarse buenos candidatos a ser escalados.
- Se celebraba que “el mismo curso” pudiera dictarse igual en muchas cohortes y sedes, midiendo el éxito por la consistencia del formato y la facilidad logística.
- El principal trabajo de mejora era afinar la plantilla para que fuera aún más simple de replicar, no revisar si el proceso estaba produciendo los cambios esperados.
Antes, “ser replicable” era casi sinónimo de “estar bien diseñado”.
- Se evalúa cada proceso por su impacto en el aprendizaje (qué pueden hacer distinto los estudiantes) y, desde ahí, se decide qué componentes deben mantenerse fijos y cuáles deben quedar abiertos a adaptación.
- Cuando un proceso se quiere escalar, se documentan principios y condiciones de éxito, en lugar de exigir copia textual de cada paso, permitiendo que la replicación preserve lo transformador.
Ahora, un proceso solo se considera buen estándar cuando demuestra capacidad de transformar, y la replicabilidad se construye alrededor de esa exigencia, no al revés.
Función estructural de la ilusión
Esta ilusión protege un modelo que privilegia el control y la expansión rápida por encima de la transformación real.
Cuando la replicabilidad se vuelve el criterio dominante, el sistema puede:
- escalar ofertas manteniendo el mismo guion, aunque su impacto sea superficial;
- reducir la complejidad del diseño a plantillas y checklists fáciles de supervisar;
- tratar la adaptación situada como “desviación” en lugar de como requisito de efectividad.
En la práctica, el modelo se vuelve más fácil de copiar que de mejorar: crece en volumen, pero no necesariamente en capacidad de producir cambio.
Cierre operativo
La institución está diseñando para copiar y supervisar, no para transformar; y luego asume que escalar equivale a mejorar.